jueves, 21 de mayo de 2009

La aventura de ser maestro...

AUTOBIOGRAFÍA (Fragmento)

Profr. Heriberto Martínez Bautista

“Nadie nos enseña a ser profesores y tenemos que aprenderlo nosotros mismos por ensayo y error” (José M. Esteve)
¿Cómo llegué al magisterio? ¿Por qué soy maestro?
Primeramente, quiero mencionar mi origen familiar.
Originario de la comunidad de El Durazno, Jerez, Zac., soy el mayor de una familia de ocho hijos, en la que por fortuna, nuestros padres aún podemos contar con ellos, (corrección, mi padre murió el 15 de abril de 2009). Me crié entre las diferentes labores del campo: la siembra y la cosecha de maíz y frijol, el corte de durazno, el cuidado de algunas vacas y remudas que teníamos, el cuidado y alimentación de puercos y gallinas, el corte de leña para uso doméstico, etc.

Cuando egresé de la escuela Secundaria Ramón López Velarde, de la ciudad de Jerez, tenía la incertidumbre de no saber qué hacer, pues aunque tenía las ganas y la intención de continuar con una carrera universitaria (me gustaba mucho derecho y arquitectura), en mi familia no contábamos con los medios económicos para que alcanzase ese sueño. Recuerdo que dos de mis compañeros del rancho (mi primo Héctor y Pancho), me dijeron en el mes de julio que iban a hacer un viaje a San Marcos, Zac., con el hermano de este último (que era profesor), para ver si entraban en esa escuela porque allí daban becas. Yo pedí a mi madre que me consiguiera algo de dinero para acompañarlos, aunque en ese momento ni siquiera sabía qué se estudiaba en esa escuela. Para mi sorpresa, de los tres compañeros que solicitamos y presentamos el examen de admisión, sólo yo fui aceptado y ya con un poco más de información acerca de los estudios que iba a hacer y de las ventajas que encontraría estando becado me quedé en la Normal.
Llegué a ese espacio apenas habiendo cumplido los catorce años y sin haberme separado por mucho tiempo de mi familia, por lo que el proceso de adaptación fue muy difícil. Sin embargo, luego de superar “el corte de pelo”, los robos de varios objetos personales y el ingresar a un movimiento de tipo político a los quince días y quedarnos sin alimentación, superé creo yo, en gran parte ese nuevo estilo de vida y de convivencia estudiantil lejos de mi casa y de mi familia. Además la opción de regresar fracasado a mi medio donde no podía tener oportunidades me lo impedía.
Poco a poco empecé a conocer nuevos compañeros y a ingresar a las clases con el compromiso de superarme. En este espacio se crean buenos grupos y por el hecho de estar interno existe tiempo para dedicarlo a diferentes actividades formativas: comencé a hacer deporte y a juntarme con algunos compañeros que les gustaba la lectura, aunque también con otros a quienes no les interesaba mucho estudiar. Nunca fui un “matadillo”, como les decíamos a los compañeros que se la pasaban en la biblioteca estudiando; me bastaba con asistir a mis clases y tratar de convivir con mis profesores para de ahí presentar los exámenes. Afortunadamente siempre logré superarlos.

Durante mi estancia en la escuela Normal aprendí muchas cosas: primero a no ser dependiente de mi familia, a tratar de resolver diferentes problemas y tomar decisiones en forma colectiva con mis compañeros y a tener cierta autonomía. A adaptarme a la hostilidad de un medio adverso y tratar de salir adelante. A convivir con compañeros de diferentes estratos sociales (aunque la mayoría proveníamos de la clase trabajadora humilde), de diferentes edades (si bien yo ingresé apenas con catorce años había gente de hasta veinticinco años) en el primer año. Pero sobre todo, a formarme con el temple del poder ser y hacer en cualquier circunstancia lo que juzgo conveniente para el logro de propósitos tanto de tipo personal como profesional.

En el aspecto académico debo decir que afortunadamente me fue bien y que el gusto por la docencia surgió la primera vez que fui a practicar con un grupo de niños en una escuela primaria de Loreto, Zac. No se borra de mi memoria la mirada angustiada e implorante de dos niños que buscaban en sus maestros practicantes las respuestas a la singularidad de sus problemas no solo de aprendizaje, sino también de tipo existencial. En ese momento, entendí la importancia que representa la labor de ser profesor, de lo significativo que puede resultar servir como guía de alguien que apenas comienza a abrirse camino en la sinuosidad de este mundo. Entendí que había un gran compromiso; que aquello que había decidido ser y que se inició como un juego significaba algo más profundo. Así, a mis quince años me encontré en el parte aguas de elegir una carrera profesional con compromiso o permanecer en la escuela como uno más.

A mi salida de la escuela Normal hubo mucha incertidumbre:
Primeramente, separarme de los “cuates” con los que había convivido cuatro años y haber creado un equipo de camaradería y apoyo en el trabajo de prácticas, pues casi siempre salíamos juntos a las escuelas. Compartimos el mismo dormitorio y fuimos compañeros de diferentes aventuras. Incluso, nuestros padres llegaron a conocernos, pues en diferentes ocasiones visitamos las casas de cada uno.
Posteriormente me cuestionaba ¿Dónde me tocará iniciar mi carrera como profesor? Pues aunque habíamos sido “formados” con la imagen redentora del profesor idealista dispuesto a ir a cualquier sitio o comunidad por alejada que ésta fuera, siempre me causaba algunas dudas.
Recuerdo que se nos convocó por parte de la Secretaría de Educación Pública a unos talleres de inicio en la profesión, estos se realizaron en la escuela normal Manuel Ávila Camacho, en la ciudad de Zacatecas. Allí nos reunieron a los nuevos profesores de las cuatro escuelas normales que recién íbamos a iniciar nuestro servicio. El último día nos entregaron nuestras órdenes de comisión.
A mí me tocó en la zona 89 de Valparaíso y recuerdo cómo fue que se me asignó la comunidad y escuela donde comencé: Viajé con otros compañeros que también les tocó en ese municipio, pero al llegar a la cabecera nos separamos, pues a cada quien le correspondieron zonas escolares diferentes. Luego de preguntar por la que a mí me correspondía (la zona 89), comencé a caminar por diferentes calles de la localidad y ya para llegar, recuerdo que delante de mi iban otras tres personas, con sus respectivos maletines y mochilas (algo muy característico que luego me di cuenta que distinguía a los profesores de aquella región). En seguida llegamos con el profesor Manuel Cabral Arévalo, quien era el supervisor de la zona, y él tomó el siguiente criterio para la asignación de lugares: El que entró en primer lugar le va a tocar un lugar en La Victorina, el segundo y tercer lugar se van a ir a San Diego y el que llegó al último le corresponde La Torrecilla y va a ser unitario. Este era mi caso, pues había sido el que entré en cuarto lugar en la oficina y por ese mérito me tocó la última comunidad de la zona escolar.
Después de un rato de charla, en la que se nos hicieron todo tipo de recomendaciones y advertencias por parte del supervisor y de su secretario el Profr. Pedro Cosío, recibimos nuestras órdenes de comisión para presentarnos en las respectivas comunidades. Era ya parte de la tarde y se nos advirtió que pronto pasaría un autobús para Huejuquilla el Alto, Jalisco y se nos recomendó pasar la noche en ese lugar, para otro día poder llegar a nuestras comunidades.
Una vez puesto de acuerdo con los ahora nuevos compañeros, iniciamos nuestra odisea hacia aquel poblado establecido a unos 55 kilómetros de Valparaíso, de los cuales solamente unos 15 eran de carretera pavimentada y el resto por una terracería espantosa, que a finales de la temporada de lluvias se encontraba en una condiciones deplorables que solamente permitían avanzar al camión a vuelta de rueda.
Luego de algunas horas y ya entrada la noche, llegamos a la plaza principal de Huejuquilla. Descendimos y lo primero que hicimos fue preguntar por un hotel. Nos dijeron que solamente había uno y luego de establecernos y salir un poco rato para cenar, esa noche fuimos víctimas de los bichos que nuestros incómodos colchones tenían como habitantes, que al sentirse invadidos aprovecharon para saciar su apetito (nos desangraron las chinches).
A la mañana siguiente, luego de una noche bastante incómoda, salimos a desayunar algo y a las ocho aproximadamente tomamos un taxi para que nos encaminara a nuestras comunidades. Logró avanzar en forma extenuosa unos 20 kilómetros hasta que encontramos un río, el cual llevaba un caudal abundante de agua que hacía imposible que aquel pequeño automóvil pudiese cruzarlo.
Alternativa: quitarnos la ropa para cruzar y posteriormente continuar nuestro camino a pie. Eso fue lo que hicimos. Continuamos a pie por un buen rato (entre una y dos horas). Recuerdo que tomábamos el agua cristalina de los charcos que encontramos a la orilla de la carretera, pues la noche anterior había llovido. A pesar de todo continuamos, aunque yo escuchaba ya algunos comentarios de mis compañeros con el desánimo y las ganas de mejor regresarse. Los otros tres compañeros habían egresado de la escuela urbana de la capital de Zacatecas.

Por fin llegamos a La Victorina, donde nos recibió el Profr. Alfonso, quien había egresado de San Marcos el año anterior y luego de saludarlo y brindarnos algo de comer y agua, le presentamos a quien a partir de la fecha sería su compañero. El primer profesor se quedó ahí, aunque después me di cuenta que solo había estado esa noche en la comunidad y otro días se regresó a su casa, para no presentarse nunca más por aquellos parajes.
Nosotros, sin embargo, continuamos con nuestro andar (hasta nos detuvimos a comer algunas pitayas), y ya más avanzado el camino nos alcanzó una camioneta que llevaba varios comestibles a vender hasta La Torrecilla, pues según me dijo el señor había un coleadero (rodeo como se le dice en aquella región) en aquella comunidad y pensaba poner su puesto de tortas y cerveza.


La escuela unitaria... Un gran reto. Sin duda, el mayor temor en mí fue enfrentarme a la escuela unitaria; a un grupo de 53 niños de primero a sexto grado y de diferentes edades, (desde los 5 hasta los 17 años).
Aquí se derrumbó lo que aprendí en la escuela Normal, las técnicas, la teoría, etc., aquí pasó a segundo término pues había que enfrentar a un enorme grupo plagado de diversidad en intereses, diferentes niveles de desarrollo físico, psicológico y cognitivo, pero tenían algo en común: todos querían estar en la escuela… ese era mi gran reto. Había que pensar en cómo atender esa diversidad, cómo planear mis clases, cómo organizar a los alumnos, cómo organizar los tiempos, y cómo evaluar… Cometí muchos errores, pero como dice Esteve, poco a poco fui aprendiendo primero a vencer mi propia incertidumbre, a organizarme de mejor forma y aprovechar el apoyo que los estudiantes más avanzados me podían dar para atender a los pequeños…
Aprendí muchas cosas con esos niños, y con la gente de la comunidad, pues en esa época permanecía hasta tres semanas o un mes en la comunidad –el acceso era bastante difícil- y así paulatinamente como profesor me voy haciendo en el intercambio con los demás, con los estudiantes, y trato de mantenerme abierto siempre a aprender junto y de ellos, pues estoy convencido de seguir siendo aprendiz de profesor.

Continúa...


Ahora, he vivido la oportunidad de colaborar en la educación superior, y también es un aprendizaje continuo a través de las experiencias de los profesores, que es donde me desenvuelvo actualmente: ¿Cómo viven día a día su experiencia en la escuela? ¿Qué problemas se presentan con mayor frecuencia y la forma de resolverlos? ¿Cómo planean, cómo trabajan sus clases, cómo evalúan?
En verdad que para mí todo esto es muy enriquecedor, porque aprendo de todos.

Ha sido una profesión que me gusta. Que en el transcurso del tiempo he aprendido a querer y asumir con compromiso, cometiendo aciertos y equivocaciones y principalmente en estas últimas, tratando de enmendar para no volver a cometerlas…

Sigo aprendiendo… ahora en esta especialización en línea, en la Maestría en Educación con campo Formación Docente y en la Maestría en Educación Básica y de compañeros tan especiales como ustedes…

Hasta pronto.

Heriberto Martínez Bautista

8 comentarios:

  1. Hola Heriberto, te agradezco que hayas enviado tu dirección de blog, y que inconscientemente me ayudastes mucho para seguir adelante ya que hubo un memento en que estaba flaqueando para continuar esta gran aventura, el saber que somos seres especiales como alumnos me ayudo mucho y me dio ese ánimo para seguir adelante, gracias, mil gracias y sigue siendo ese gran guía, ese gran tutor y ser humano. FELICIDADES AMIGO.

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  2. Me parece asombrosa su trayectoria, incluso creo que no tento muchas cosas que decir acerca de mí. Me siento honrado por tenerle como tutor.

    Le invito a leer mi blog, recientemente creado y, por cierto, el primero que hago.

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  3. Por cierto, a parte de su invitación, no he recibido ninguna otra. Seguiré intentando mientras quede tiempo para las actividades de esta semana.

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  4. Hola Heriberto:
    Tienes mucha razón cuando comentas que nunca dejamos de aprender algo nuevo en esta profesión, cada nueva generación de alumnos es diferente a la anterior y de cada una de ellas aprendemos siempre algo nuevo, al igual que ahora lo hacemos en esta especialidad. Espero aprender mucho de todos los compañeros y de ti.
    Saludos.

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  5. Hola Heriberto:
    Considero que hace comentarios muy acertados en su articulo, pues habla de una de una gran verdad que es el compromiso que todos debemos de tomar para salir adelante como personas o como profesionistas..
    Otra de los grandes verdades es la autonomia coo esudiantes o como personas para poder hacer lo que se quiera y lo que se deba correctamente de acuerdo a una sociedad cambiante.
    saludos
    Guadalupe Rios

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  6. Hola Heriberto:

    Lamento profundamente la pérdida de tu papá, yo también sé de ello, me uno a tu pena.
    Al leer detenidamente tu historial me doy cuenta de donde viene esa buena vibra que emana de tus comentarios. Valoro todo cuanto has vivido, en ciertos puntos alcanzo tu sentimiento de angustia e impotencia, así como otros de optimismo y de reto. Sin embargo, es así como solamente podemos valorar lo que en realidad significa el ser maestro, el dar todo por esa noble misión que es la de colaborar con los niños-jóvenes a encontrar su identidad en la vida. Gracias por compartírnoslo. Felicidades.

    Jesús Quiroga Velázquez.

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  7. Gracias por todos sus comentarios. Ya hacía un tiempo que no entraba a este espacio. Prometo reactivarlo para seguir compartiendo y aprendiendo de todos.

    Afectuosamente
    Heriberto

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  8. Saludos.
    Creo que me tardé demasiado en volver, pero aquí ando todavía.

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