EN ESTA OCASIÓN QUIERO COMPARTIR UN TEXTO QUE ME PARECE ATRACTIVO POR LA FORMA EN QUE SU AUTOR LO MANEJA; DE UNA MANERA SENCILLA Y REFLEXIVA. OJALÁ PUEDAN LEERLO Y COMENTARLO.
SALUDOS
HERIBERTO
Somos Mentirosos, Maniacos, Compulsivos y También Maestros...
Carlos Alberto Juárez Navarro
Maestría en Educación
Eje Psicopedagógico
Sombrerete, Zac.
Septiembre 2009
Satanizar las culpas no ayuda…
Maestría en Educación
Eje Psicopedagógico
Sombrerete, Zac.
Septiembre 2009
Satanizar las culpas no ayuda…
pues hay culpas que nos ayudan.
Saber reconocerlas y descubrir
de dónde nacen es algo
fundamental para poder tratarlas.
Osho
Saber reconocerlas y descubrir
de dónde nacen es algo
fundamental para poder tratarlas.
Osho
Dentro de la formación docente, no existe lugar para el error. Sin embargo, unos de los puntos del proceso educativo, es aprender del error. Es histórico el hecho de que el maestro es una especie de ente infalible y todopoderoso. A favor tenemos algunos aspectos sociales que han cambiado, porque eso de ser la segunda mamá o llevar la actividad docente como un sacerdocio, aleja (y alejó bastante) el enfoque de la actividad misma (eso creo yo); aún así, los padres de familia, directores, maestros, enfatizan el hecho de que en educación no se puede fallar. No se admite el error, el fracaso y el reconocimiento de que algo pueda no salir como lo esperado (planificado, dosificado, cronometrado, etc.). La educación (y los maestros) no deben fallar jamás. ¿A quién demonios se le ocurrió decir esto?
Recuerdo a un profesor de un curso de capacitación, psicólogo él, comentaba que una de las principales causas por la que la mayoría de los docentes sufrían problemas psíquicos (no sé si sería correcto aquí decir psicológicos o psiquiátricos) se centraba en que los habían educado para el éxito.
Dentro de la formación docente tampoco se analizan casos en los que tal o cual didáctica, método o estrategia puedan fallar. Es así, lo aprendiste así, lo aplicas de este modo y tiene que resultar; de otra forma significa que lo aplicaste mal, no hiciste todo lo necesario para tener resultados positivos, no se implementaron estrategias adecuadas a la situación… en fin, la culpa de todo, la tiene el maestro.
Lo bueno de ser maestro en un país como México, es que puedes sentarte tranquilamente a comer una bolsa de palomitas mientras ves pasar, ante tus ojos, los acontecimientos sociológicos más alucinantes que el ser humano ha concebido en un millón de años de evolución inteligente. Y el acontecimiento que más me impresiona es el del maestro. El maestro en México es un tipo que como su propio nombre indica, es obviamente, “un maestro”. Lo es de una forma absoluta e independiente de cualquier consideración que nosotros, seamos capaces de plantear. El maestro es un compendio de sabiduría que esgrime benévolamente más allá del bien y del mal, del ser y del estar, del título universitario o de la convalidación académica correspondiente. El maestro sabe. Eso es todo.
¿Y qué sabe? Pues más bien nada, para qué vamos a engañarnos. Pero el maestro no se amedrenta fácilmente. El maestro tiene cuerda para rato y labia para parar un tren. ¿Por qué? Por esto: Porque la simple palabra maestro induce poder. He ahí el fenómeno sociológico que yo estaba contemplando mientras daba cuenta de mi bolsa de palomitas.
Sí, esa es la palabra mágica: maestro. Lo que sí hay que reconocerle al maestro (las cosas como son), es que tiene una elocuencia a prueba de bombas. Acaba contigo por agotamiento. Palabrería y palabrería y más palabrería. A falta de ciencia, buenos rollos. Y a nosotros los mexicanos, reconozcámoslo, se nos cae la baba con la palabrería.
Y marcando este panorama, viene la lectura de la culpabilidad de Andy Hargreaves, el cual nos muestra una dimensión poco estudiada y poco teorizada en el mundo educativo: los sentimientos de culpa en los maestros. El texto muestra el lado psíquico de un maestro, las preocupaciones y emociones que experimenta el maestro durante su trabajo áulico. Durante nuestra vida, vivimos una serie de emociones muy variadas, pero por lo menos dos de ellas podríamos catalogarlas como inútiles: la culpabilidad y la preocupación.
Lo único que hacen es que desperdiciemos nuestro tiempo y nuestra salud. La primera de ellas está relacionada con el pasado, y la segunda con el futuro. La primera de ellas lo que hace es que nos quedemos inmovilizados por culpas del pasado, mientras que la segunda nos inmoviliza por algo sobre lo que no tenemos control. Ambas lo que provocan es hacernos sentir inquietos en el presente. Algo que vemos en las caras y en las palabras de muchas personas que nos rodean es alguno de esos dos sentimientos: bien culpabilidad por algo que hicieron en el pasado o bien preocupación por lo que les pueda llegar a pasar en el futuro.
Estos dos sentimientos los maestros los tienen, quizá porque desde pequeños nos han inculcado que si algo nos importa, cuando algo funciona mal, tenemos que preocuparnos y darle mucha importancia. Y de ahí se generan los dos sentimientos.
Virginia Satir, menciona que “…una cosa es aprender lecciones del pasado que nos ayudan a crecer y a desarrollarnos, y otra muy diferente es que ese sentimiento concreto te impida actuar en el ahora”[1]. Argumenta que aunque haya personas que parece que nacen con la culpa, es una elección. “…hay personas que prefieren vivir con ella de forma permanente, otra opción es deshacerse de ella y quedar libre”.[2]
El asunto de todo, ¿Cómo le hacemos nosotros maestros para liberarnos y deshacernos de la culpa? Si por así decirlo, es inherente a la propia práctica educativa. Me gustaría poder responder a estos planteamientos, sin embargo, no creo tener la respuesta acertada y concreta; solo concluiré como nos decía mi abuela cuando alguien tenía un problema: ”No abras tanto la mente, que se te va a caer el cerebro”.
[1] SATIR, Virginia, Vivir para Amar, México, Editorial Pax México, 2005, p. 67.
[2] Idem., p. 98.
Un gran saludos Carlos. Al tiempo y la distancia. Espero estés bien.
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